El Puerto de los Empedrados es un pedregal árido e inhóspito que, durante siglos, fue el paso que salvaba Sierra Blanquilla y permitía la comunicación de Ronda y las poblaciones del Valle del Guadalhorce. Llegó a ser tan importante que los romanos ya hicieron pasar por él una calzada que, posteriormente, se reutilizó como vía pecuaria; ya en el siglo XIX hubo viajeros que calificaban este trayecto de ruta silvestre y dura; por último, en el primer tercio del XX adquirió notoriedad porque por estos parajes se movía el que llegó a ser calificado como el «último bandolero», nos referimos a Juan José Mingolla, más conocido como Pasos Largos. En la actualidad el Puerto sólo es visitado por montañeros y excursionistas. Testigos de aquellos tiempos en que la zona era más frecuentada quedan las ruinas de un par de cortijadas; en una de ellas, la de Botina, aún puede verse un antiguo pozo de escasa profundidad que, normalmente, está seco y es depósito de escombros pero en época de abundantes lluvias es protagonista de un curioso acontecimiento: el nivel del agua comienza a subir hasta desbordar el brocal y fluir monte abajo, lo que nos hace pensar en que la construcción del pozo interceptó una corriente subterránea que desde entonces aflora por él. Muy cerca existe un abrevadero tallado en un único bloque de piedra caliza.
El cortijo también es conocido con el nombre de Bolina.