Situada en una de las cañadas que separan las ruinas de los lagares de Povea y El Comandante, destacaremos lo extremadamente complicado de su acceso, pues la aproximación ha de hacerse por terreno muy agreste y pendiente, cubierto de abundante monte bajo.
Oculto por una enorme masa de adelfas, el manantial brota -o mejor dicho, brotaba- en el interior de una rústica alcubilla construida con mampuestos y techada con una gran losa de piedra. Sus dimensiones son muy reducidas, apenas 40 cm de diámetro y otros 80 de altura, de los que la cuarta parte corresponden al depósito en el que se acumulaban los caudales que fluían por un conducto situado en el fondo.
La alcubilla vertía a una alberca cuadrada, en la actualidad completamente llena de escombros y tierra que ha caído del exterior. Disponía de un aliviadero por el que evacuaban los excedentes, lo que ha dejado en la pared una gruesa capa de toba.
Más recientemente se completó el conjunto con un abrevadero de 3 m de longitud.
Es posible que el uso fuese exclusivamente ganadero pues lo escarpado del terreno imposibilitaba la creación de parcelas de cultivo; tampoco hemos localizado canalizaciones que condujeran el agua a otras zonas.