Comenzaremos la aproximación desde el norte de la capital, en la barriada de Las Virreinas, donde hay bajo la autovía una rotonda de la que parte una pista ascendente; seguiremos por ella sin hacer caso a los desvíos laterales que encontremos, de modo que a los 1,4 km. alcanzamos una explanada con una bifurcación; continuamos por la izquierda, por debajo de las ruinas del Lagar de Mendelín, y en el siguiente cruce haremos caso omiso al ramal de la derecha. Cuando llevamos un total de 4,3 km. recorridos, recién pasado el Cortijo del Panadero, veremos a la izquierda un carril descendente con una cadena que impide el paso de vehículos. Aquí nos quedamos porque mirando a la derecha veremos en la ladera del cerro un corredor artificial, al final del cual se levanta una caseta cuadrada con una puerta.
En su interior hay un pozo de casi 2 m. de profundidad en cuyo fondo se adivina un espacio amplio; ayudados por tres barrotes de hierro dispuestos en forma de escala, bajamos hasta la base que está constituida por la parte superior de una escalera de obra, compuesta por 4 escalones; por ella descendemos a una gran sala de planta prácticamente cuadrada que, realmente, es un gran depósito subterráneo.
Allá abajo nos damos cuenta de que estamos dentro de una construcción totalmente artificial: el techo ha sido realizado con vigas de hierro y bovedillas, sustentado por un par de columnas; tres de las paredes del recinto están enfoscadas. Únicamente la pared del fondo es natural y corresponde a la roca del cerro; por ella se desliza una abundante lámina de agua que ya ha dejado minúsculos espeleotemas. El suelo de la sala está prácticamente ocupado por un rebaje en el que se acumula el agua.
Sobre el aprovechamiento de estos caudales nada sabemos pero en una cañada cercana hemos localizado una tubería que finaliza en una alberca; aunque no podemos asegurar que ésta sea el destino final del agua hay muchas posibilidades de que así ocurra.